Mi casa tiene ruedas

carromatoUna semana y tres días para acabar de trabajar, tal vez en la empresa donde más dinero he ganado y más cosas nuevas he hecho. Eso es impepinable. Pero una cosa no quita la otra.

Sé, porque no soy tonto (aunque lo parezca), que más de uno mirarán con escepticismo mi decisión de mudarme a Alemania, reduciéndolo todo a que tengo un trabajo con el que cuentan conmigo, los conozco, me conocen, Suiza es muy bonita y segura… ¿qué más quiero? Pues muchas cosas, por ejemplo una vida fuera del trabajo, una vida más plena, interesante. Aquí como quién dice, vivo para trabajar, y yo aspiro a trabajar para vivir.

A veces no soy yo, busco un disfraz mejor.

Valiente – Vetusta Morla

Hace casi seis años me encontré con el mismo escepticismo al comentar que tenía pensado irme a trabajar al extranjero, concretamente a Suiza. No les convencía el sueldo que les decía que probablemente ganaría, ni que siquiera pudiera desenvolverme por allá cuando tantos habían fracasado antes si no tenían un buen padrino. Ahora me pasa lo mismo, hay gente que se alegra por tomar la decisión, por atreverme, y otros, aunque no me lo digan abiertamente, lo ven con escepticismo, ni voy a ganar ni de lejos el mismo dinero, ni voy a tener tantas comodidades. No sé quién es más iluso, la verdad.

Mucha gente antepone su felicidad a la “seguridad”. Amigo, seguro que no sales vivo de esta, y cuando estés en el umbral de la muerte te dirás, ¿porqué no hice lo que realmente quería?, ¿porqué no me atreví? Párate bien a pensar, los escépticos son los conformistas, los que quieren y no pueden, o no se atreven, a cambiar algo que no les gusta.

Tan solo seremos libres cuando no haya nada más que perder.

Saharabbey Road – Vetusta Morla

A pocos días de cumplir los 40 años, la mitad de una vida, cada vez soy más consciente que uno no tiene que tener miedo a lo desconocido, que hay que ir a por ello, a lo que creas que será bueno para ti, no sólo para tu economía. Llevo meses pensando en los pros y contras y en cómo hacerlo, no soy un loco. Y si algo no sale bien, aprendes y mucho.  Igual que se aprende de las personas que han intentado hacerte daño, gracias a ellos valoras más a los que de verdad te quieren. También he aprendido a decir más a menudo “te quiero” o “gracias”,  cosas muy sencillas pero que nunca están de más. A tener más empatía por las personas que por lo material.

Llueve y ando empaquetando ropa y recuerdos en cajas de cartón. Tal vez esta sea la última entrada escrita desde Suiza, pronto me cortarán el Internet y después será una contrarreloj para empaquetar todo, recoger los papeles necesarios y marcharme con mis cuatro cosas cuál zíngaro (con su zíngara) marcha con su carromato a otras tierras. Hasta la vista, au revoir. Nos vemos pronto, espero.

La doble personalidad de Mulhouse

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Este fin de semana hemos estado en Mulhouse, una ciudad francesa situada a unos 30 kms de Basel, en la región de Alsacia. Si las otras veces hemos estado investigando en ciudades  alemanas cercanas a Basel como Lörrach o Freiburg, por cercanía con la frontera Suiza, esta vez nos hemos decantado por una de las ciudades  francesas más grandes y cercanas a Basel. La idea era explorar el centro, comer bien y baratito, ver pasar gente, algo tan tonto como eso, y hacer las compras de la semana que en este caso lo hicimos en un Auchan, aunque también quedaba cerca un Carrefour. En Suiza ni uno ni otro han sido capaces de entrar en un mercado tan nacionalista como el suizo.

Mulhouse tiene más de 100.000 habitantes y un bonita catedral (vimos el comienzo de un concierto de piano allá) y unas calles con encanto donde los nombres de las calles están escritas en Francés y alemán, ¡lo más curioso es que la traducción no tiene nada que ver!, son nombres completamente distintos. Leer en francés me resulta más bonito que en alemán, que tienes muchas Strassenbauermerkerfchsss… Creo que todo esto viene de cuando la guerra de los 30 años. Pero no me hagais mucho caso que cuando pasó todo esto de las guerras entre francófonos y teutones, de las disputas de casas de rancio abolengo (me encanta decir esto) y por motivos religiosos varios pues, que no me aclaro del porqué los dos idiomas se mezclan en la historia de la ciudad.

Lo que nos llamó la atención es que allá donde íbamos, les hablábamos en francés, y nos respondían en inglés. Está claro que se nos ve de lejos que no somos de allí, pero si yo me dirijo en francés, aunque mi acento no sea tan de guays, digo yo que no deberían cambiar de idioma. Dan por hecho que yo me defiendo mejor con el inglés.
Otra cosa que nos gustó mucho es que es una ciudad sin mucha presencia de turistas, como digo yo, una ciudad de verdad, no como un parque temático, que es lo que parecen las ciudades Suizas, escenarios perfectamente arreglados por y para los turistas.

Ahí van algunas estampas del sábado pasado.

 

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El centro de Mülhouse.
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De vuelta de Mulhouse, así se podía ver el lago de Lungern a las 23h, con una superluna que iluminaba las montañas.

Winter is coming

Igual que lo teme Jon Nieve , lo temo yo, winter is coming, viene el invierno.

Los pronósticos meteorológicos aquí en Suiza son casi tan importantes como las noticias de cabecera de los telediarios. El tiempo manda, y en invierno más. Como pronosticaron los partes meteorológicos y apps varias, la nieve hizo acto de presencia hoy, un domingo para guarecerse en la cueva y no separarse de la chimenea en todo el día.

En cinco años aquí las he visto de todos los colores, tormentones de nieve que ríete tú de lo que se ve en Juego de Tronos. Caminando a lo Jeremiah Johnson sobre más de 50 cms de nieve en mitad de una nevada en busca de refugio por trabajar en las montañas. Coches en las cunetas por la nieve. Ver como pierdes el control de tu propio coche cuando menos lo esperas. Lagos helados, ideas heladas. Ir a comprar con trineos al super, calles completamente heladas por no querer echar sal para no cargarse el alquitrán, los bajos de los coches y los parquets de las casas. Espero y deseo no encontrarme esas grandes nevadas de aquí hasta que me vaya de Suiza. Verlo desde casa una semanita está muy bien, pero los inviernos en los Alpes suizos son largos y duros. Pero en esta zona viven de esto,  del oro blanco, el reclamo para un montón de turistas ansiosos por esquiar en pistas interminables con vistas de ensueño.

De momento aquí dejo algunas fotos de la primera nevada oficial de la temporada, y se preveen más nevadas durante toda la semana, agárrate. El paseo es hasta Axalp, la estación de esquí más cercana, a unos 1500 mts de altura.

Comer o morir – Suppenhaus Brienz

Suena un poco dramático el título, pero es lo que a uno se le pasa por la cabeza cuando se encuentra en el dilema de comer una comida que deja mucho que desear. Esto es lo que solté  hoy en el restaurante donde comemos cada día cuando vi como rebufaban mis compañeros. Otra vez el  rösti mit bratwurst und zwiebelsauce. Las papas a lo pobre (pero en este caso precocinadas, la salchicha y la salsa de cebolla. Un manjar oiga (nótese la ironía).

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Y es que uno se tiene que hacer a la idea, cuando no te queda más remedio que comer lo que te ponen, o lo haces y consigues tener un estómago a prueba de bombas, o mueres irremediablemente. De inanición vaya.

En España puede que un día tocase un menú que así asá, aunque suele haber más platos para elegir, pero aquí no, normalmente, es el plato del día y ya. Y normalmente, es una cocina aburrida, poco laboriosa. No vamos de gourmets, pero queremos una calidad mínima de lo que comemos. Como hecho de menos mi platos de lentejas, mis cociditos, mis buenos macarrones, una cosa tan sencilla como unos buenos macarrones, y el vino con gaseosa. Como cambian los tiempos.

Aparte de mis desventuras gastronómicas de cada día, hoy me ha llegado a mi buzón el calendario del nuevo Suppenhaus Brienz.

Cada año en el pueblo donde vivo, a principios de noviembre y hasta marzo del año siguiente, tienen la costumbre de hacer sopa para los vecinos. Esta costumbre o tradición vienen haciéndola desde 1846, de cuando los suizos las pasaban putas y muchos acudían a salones donde ofrecían sopa gratis para los más necesitados. Esta costumbre se ha ido perpetuando, dejando atrás la pobreza y transformándose en una tradición más del pueblo.

Cada sábado un vecino se encarga de hacer una sopa para el resto de vecinos. Esta actividad me la contaron mis caseros cuando llegué aquí el año pasado, por si quería probar la sopa que hacen. Sólo tenía que llevar un botecito de plástico con tapa y dejarla en la cocina donde hacen las grandes ollas de sopa. Dejas el dinero encima del bote (precios muy asequibles para ser Suiza), según lo que pidas en un papelito los litros que quieres junto con tu nombre. Y ahí  dejas el dinero y nadie toca nada. Cosas de Suiza y de los pueblos.

La primera vez que fui con mi botecito, sentí como me escaneaban con la mirada las vecinas y vecinos. Éste no es de aquí. Pensarían. Los saludo en alemán, intentando imitar su acento plueberil. Una sonrisa, un tschüss, un adieu y hala, arreando pa casa con el bote de sopa, que por cierto está riquísima.

Pero antes de que digan que no me adapto a las comidas de otros países, he de decir que me gusta un buen fondue, una buena raclette , el Älplermagronen, el Berner platte, el plato típico de Suiza, carnaca y verduras de la huerta, básicamente, o muchos otros platos que conozco y que si lo preparan bien, pues claro que sí, están ricos. Pero claro, uno lo compara con la rica gastronomía española y como que que me sabe a poco.

Tengo curiosidad por saber cuales son los platos en Alemania. En cuanto tenga una idea más clara de su gastronomía, suelto mi veredicto por aquí.

 

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