El encierro en Cabo de Hornos

El año en que cambió todo

A principios de los noventa, el mundo estaba cambiando para mí y para todos. La caída del muro de Berlín daba un nuevo giro en la vida para mucha gente. Margaret Thatcher salía por fin del poder. Milli Vanilli resultaba que eran un fraude, y George Michael acababa de sacar nuevo disco e iba a tocar en mi ciudad. Todo esto estaba pasando y mi padre vino a arruinarlo todo.

Mi padre era sargento de la armada chilena. Se había presentado como candidato para trabajar y vivir durante un año en el punto más meridional del mundo, el Cabo de Hornos. Su misión sería recopilar datos meteorológicos sobre la mar y sus vientos, considerados los más peligrosos para navegar del mundo. Toda una ristra de récords que en aquel momento me importaban un pimiento. Mi vida como adolescente estaba despegando y mi padre, que nunca había ganado nada en su vida, resultó ser el agraciado de este cometido. El nuevo guía entre dos continentes, el americano y antártico, el gurú.

Su misión consistía en cuidar del faro, comunicarse con los barcos que querían pasar el paso de Drake sobre el estado del mar y el tiempo y llevarse a su familia consigo para vivir en la única casa de la isla, la casa del farero. Sir Francis Drake al menos era un corsario con ansias de aventuras, libre como un pájaro, nadie lo podía retener. Ni siquiera la reina de Inglaterra. Y nosotros íbamos a encerrarnos voluntariamente en aquella isla.

Mi viejo, estaba emocionado por su nueva misión, estudiando todo lo necesario para su nuevo trabajo. Mi madre, que nos daría clases particulares durante todo el año ya que estaríamos completamente solos y aislados, compraba ropa con mil y una capas a sabiendas del frío que íbamos a pasar, y el enano, mi hermano pequeño de seis años, que le daba igual todo. Él era feliz si podía pasar tiempo con papá y mamá, pero yo tenía una vida social que atender. ¡Fabián por fin me hacía caso, y yo me iba al culo del mundo! ¡Bravo!

La partida

Los días previos a la mudanza, mis padres me dijeron que eligiese unas cuantas cosas personales para llevarme. Me recomendaron que me llevara libros, material para dibujar y pintar, tal vez aprender a hacer macramé… ¡Macramé! ¡eso es de abuelas! Mi madre tenía un don innato para sacarme de quicio. O al menos eso pensaba yo a mis catorce años.

El día que partimos hacia la isla me hinché de llorar. Me despedí de mis amigas una a una y juré y recontrajuré que seríamos amigas para siempre. Me hinché de llorar también porque el idiota de Fabián había preferido quedarse a ver el partido del Boca Juniors por la tele. El muy pelotudo. –¡Vámonos ya! espeté a mis padres despechada mientras limpiaba mis lágrimas, tintadas de mis mejillas por el rímel con el brazo.

Tomamos un tren en dirección a la Tierra del fuego, nuestro destino final era Ushuaia. Desde allí embarcaríamos en un pequeño barco de la armada junto con nuestro equipaje y pertenencias. Nada más llegar a Ushuaia el tiempo empeoró de un momento para otro. Mi padre nos decía que era normal en aquellas latitudes. Estábamos en el pasillo entre los dos océanos, un punto donde las tormentas y temporales se sucedían la mayor parte del tiempo. Logramos salir hacia Cabo de Hornos, vomitando nuestro almuerzo por completo al cabo de media hora sufriendo los vaivenes de las olas. Cuando por fin atracamos en el improvisado embarcadero de la isla, mojados por la lluvia y el viento racheado, levantamos la vista y avistamos el faro y la casa donde viviríamos. El lugar era ciertamente desolador.

Paseos de náufraga

Con el paso de los días, empezamos nuestras rutinas. Papá se levantaba muy pronto para dar sus partes meteorológicos yendo desde casa por un pasadizo que conecta directamente con el faro. Desde allí recopilaba datos y los redactaba para pasárselo a las autoridades chilenas por radio. Mamá aquellos meses experimentó muchísimo cocinando. A veces le pedíamos comer simplemente un buen filete asado y ya. Teníamos una despensa con comida que creo que no nos la acabaríamos en la vida. Pero lo cierto es que a casa dos meses, si el tiempo lo permitía, atracaba una embarcación de la armada para traernos todo tipo de provisiones, correspondencia y cosas que necesitáramos en ese momento.

En los días buenos, cuando la temperatura rondaba los cinco o seis grados, salía a pasear por la isla, siempre sin acercarme mucho a los precipicios, no fuera a caerme por culpa de una ráfaga de viento traicionera. Mis padres las primeras semanas sufrían con la idea, pero con el paso del tiempo acabaron dejándome a mi aire. Confiar o morir. En el más estricto sentido de la palabra. En cabo de Hornos no había, ni hay, un sólo árbol, sólo crece una tímida hierba, pero ni de lejos se puede comparar con el césped de Wimbledon. Los únicos seres vivos que paseaban por allí eran los albatros. Pero también de vez en cuando arribaban focas marinas, lobos marinos, y si miraba con mis prismáticos, podía avistar ballenas retozar mar adentro.

El Iceberg

Una mañana de septiembre saltaron todas las alarmas, un gigantesco iceberg se acercaba a Tierra del fuego justo la noche que un gran carguero americano se disponía a pasar el pasaje de Drake. El tiempo había empeorado, más de lo habitual, y el carguero no podía, no debía volver atrás. Tenía que cruzar el paso y sortear el gran iceberg. Mi padre no comió nada desde las 5 de la mañana hasta bien entrada la noche. El carguero consiguió esquivar a Maradona, como lo habían bautizado los americanos a la mole glaciar. En señal de agradecimiento pitaron con la bozina un pitido largo seguido de uno corto, en señal de «Ok». El ruido era atronador. Menos mal que cargueros como ese no pasaban todos los días.

Historias de piratas

Los siguientes meses mi madre se volcó en nosotros impartiéndonos más clases de lo habitual. Ella en Santiago de Chile era profesora de primara, así que tener a tu profe y tu madre en la misma isla podía ser un tanto agotador. Mi inglés había mejorado muchísimo, ya sabía que querían decir las letras de The Beatles y de Phil Collins. Mi hermano pequeño por su parte además de leer y escribir con soltura había adquirido una destreza inusual montando puzzles. La tablet de principios de los noventa. Cada noche nos reuníamos junto al fuego de la chimenea para contar cuentos de todo tipo. Los cuentos de mi padre eran los más asombrosos e inverosímiles. Sabía tantas historias del mar, de los marinos, de corsarios y piratas… una vez nos contó la tremenda odisea, completamente verídica, de Fernando de Magallanes, el descubridor del famoso estrecho de Magallanes, que murió a manos de unos indígenas en Filipinas en medio de una escaramuza que le costó cara dejando huérfanos a toda la expedición que llevaba casi tres años dando la vuelta al mundo. Poco después de la muerte del líder de la expedición, acabó la tripulación eligiendo a Juan Sebastián el Cano como nuevo almirante que llevaría a buen puerto tan osada aventura. Yo me quedaba embobada escuchando aquellas historias, poniéndole la cara de George Michael a cualquiera de aquellos aguerridos capitanes de aquella expedición, donde él me rescataba de mi isla y me llevaba a ver mundo. La adolescencia… qué cosas.

La despedida

El día que acabó la misión de mi padre, nuestra misión, fue un día triste, porque aquella isla donde no había nada, sólo nosotros en mitad de aquellas gélidas aguas, donde la vida era nosotros y los elementos, nunca más volvería a ser igual.

Al volver en el barco que nos vino a recoger hasta tierra firme, avistamos un barco escorado en uno de los arrecifes, uno de los más de ochocientos barcos que naufragaron en estas aguas. Aquel año en aquella isla, paradójicamente, aquel naufragio buscado, fue nuestro salvavidas de todo lo que estaba por venir.

Uno de los artículos que inspiraron esta historia:

La vida de una familia chilena en el faro de cabo de Hornos

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.