El tiempo no pasa, que pasan los hombres

En noviembre caen las hojas amarillas,

pero en mayo vuelve a abrir la blanca flor

mientras giran sin cesar las manecillas

 encerradas en la esfera del reloj.

El reloj -Bambino

Y pasan las horas, y pasan los meses… como decía Bambino en el tema “El Reloj”. Sigo poco a poco arreglando papeles, despachando y apalabrando ventas de muebles y sigo con el inventario de cosas como herramientas, que tengo como para fundar una empresita, o encontrar el cargador del ipod que cierta persona quería llevarse a España by the face.

Hoy debería haber ido a Francia y debería estar a estas horas mejor acompañado con chica creativa, pero aplazamos planes para más adelante. Y aquí estoy, escribiendo cuatro letras y comiendo bombones, uno de los últimos regalos de mis caseros. Los suizos son muy detallistas (al menos los que yo conozco). Si les ayudas en algo te lo devuelven con creces.

Empiezan a caer las hojas de los arboles, igual que las del calendario. Hoy tiré más cosas, acabé en Balm, cerca de Meiringen. Acabé dándome una vuelta por mi antiguo pueblo, que definintivamente cada vez lo veo más muerto. Ves a gente que conoces y te echas unas risas. Pero  me está pasando como cuando decidí emigrar a Suiza.

– Muévete David. Me decía a mí mismo.

– Aquí ya sabes lo que te espera, búscate la vida antes de que decidan por ti. Para volver siempre estás a tiempo.

Y lo mismo me está pasando con Meiringen y alrededores. Que no me veo aquí. Y no estoy loco ni soy un aventurero, ni mucho menos un caprichoso.

niebla

El primer año que llegué a Suiza, más o menos por estas fechas, en la Suiza francesa, la niebla se adueñó de todo pasando días, semanas enteras sin ver la luz del día. La niebla era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Dicen, o me decían, que era debido a los numerosos lagos de la zona como el lago de Morat, de Neuchâtel, de Biel, el rio Sarine, o infinidad de pequeños lagos que pueblan la Suisse Romande. Lo que queda de los grandes glaciares que ocupaban hará cientos de miles de años el cantón de Vaud, Fribourg y Neuchâtel. Dicen también que noviembre es el mes más “chungo” en cuanto a los suicidios, sobre todo por aquella zona. La gente que pasa por una mala racha, entre comillas. Que ha perdido su trabajo, su mujer, o su hombre, o si ha perdido al mus, qué se yo, tienden más a acabar con sus vidas ese mes influidos en gran parte por la dichosa niebla, que les cambia el humor y les hace ver todo muy negro (glups). Son cosas que no salen en las noticias. Es una mala publicidad para un país tan pretendidamente idílico, pero por lo visto ocurre con demasiada frecuencia.

El tiempo se está aguantando, de momento (lo digo con la boca chica), espero que se retrase todo lo que se  pueda el día que llegue ese frío que te congela hasta las ideas, y que el cielo encapotado no sobrevuele nuestras cabezas un día sí, otro también. La espera del momento de partir se me antoja eterna, como las sobremesas en el pueblo de mis padres cuando todos hacían la siesta.  Escuchando el tic-tac del reloj de pared de la casa de mi abuela como único compañero de espera.

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