Tirarse a la piscina

1983, piscina municipal de Mataró.

Me alejo de las taquillas de los vestuarios, tengo 6 años, arrastro la toalla con parsimonia, con pinta de hormiga atómica con mi gorrito de goma que previamente me había enrroscado como pude. Estamos en el curso de natación. Se divide en dos grupos; los adelantados, y los otros, por llamarlos de alguna manera. Yo soy de los otros, como no podía ser de otra manera. Espero el turno para tirarme a la piscina, trago saliva, la espera es un martirio.

A cada pitido del silbato, los niños se tiran y luego se agarran a una especie de tubo de corcho que lleva el instructor, y así sucesivamente. Hasta que me toca a mí. Me lo pienso, me apuran a que me tire. Me tiro. Acabo tragando agua, como siempre. Me agarro como puedo al tubito del instructor y empiezo a nadar como un perrito. A medio camino, el instructor decide que suelte el tubito y nade por mi mismo. Le digo  que no me lo quite, que no podré solo sin el tubo. El instructor, como un reflejo de la vida que me espera, no tiene miramientos, hace lo que tiene que hacer. Me lo quita. Entro en pánico y empiezo a lloriquear. A eso que su compañera, otra de las instructoras, una chica joven, una sirena con chanclas, se acerca a ver qué pasa. El chaf chaf, que hace al andar por el suelo mojado me suenan a gloria, son los chaf chaf más bonitos que había oído en mi vida. Mi salvadora, my love.

La chica le reprende a su compañero y le agarra de un tirón el tubo de corcho. Me lo acerca con una sonrisa en la cara. La miro con una mezcla entre enfado y alegría, agarro el tubo y sigo nadando. Tres metros más allá, cuando me veo seguro, lo suelto y termino el recorrido solo.

Necesitaba mi tiempo, como para cada cosa que hice en mi vida. Ando lento, como lento, salvo la tortilla de patatas, y decido las cosas tomándome mi tiempo. Sigo tirándome a la piscina, no sin miedo, pero sí sabiendo que es la única manera de aprender y mejorar, o conseguir lo que uno quiere. “Comerse to lo rico sin quitarle a nadie ná”, como diría Maui. Hoy que vuelve a ser un día de perros, un día cerrado, lluvioso y frío en Alemania. Sé que me tocan más piscinas a las que tirarme, sólo necesito ver el momento.

 

pd. El olor a cloro de las piscinas me recuerdan inevitablemente a la primera vez que tuve que tirarme a esa piscina. A esa y a todas las de la vida, aunque no huelan a cloro.

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