A fuego lento

Una de la cosas con las que más disfruto desde que vivo en Alemania es comprar viejos vinilos. Normalmente no los compro en tiendas, que te piden normalmente más de la cuenta. Los compro en mercadillos, en Flöhmarkts, donde puedes encontrar joyas a precios razonables, que no están mediatizadas, que están ocultas ahí, listas para el que las quiera descubrir o apreciar.

Lo de comprar vinilos, al menos en mi caso, es algo que tiene cierta lógica. ¿Qué hace un niño cuando sus padres le prohíben algo? Pues justo lo contrario, hacer aquello que le prohibieron. Es de cajón. Esto fue lo que me pasó con los tocadiscos.

En mi familia nunca, y cuando digo nunca es nunca, tuvimos un tocadiscos. Ni siquiera un equipo de música. Y no era porque no pudiéramos permitírnoslo, es que mis padres no lo consideraban necesario. Con una radiocasete había suficiente. Yo veía a mis amigos de vez en cuando ir con discos de vinilo de aquí para allá, y yo me encogía de hombros, pensando en que era algo normal en la mayoría de los hogares, menos en el mío. ¿Resultado? Viendo mis amigos mi extraño anhelo por los vinilos que nunca tuve, me regalaron unos con algo más de treinta años, para luego forzarme a comprar un tocadiscos. Al final me lo regalaron, uno de segunda mano. Y ahí empecé a cogerle el gustillo a eso de escuchar discos en vinilo.

Mi amigo Josemi, otro melómano y aficionado a la música, que incluso compone y produce, dice que técnicamente, el sonido de un CD es superior. La eliminación de ruiditos, la limpieza del audio, de los detalles… y  así será. Pero en un mundo donde los CDs ya están quedando desfasados, donde los playlist se agolpan en los ipods y todo tipo de reproductores donde almacenas miles de canciones, sin exagerar, pues como que es difícil contenerse y no consumir música sin prestarle la debida atención. Y esto pasa en todos los aspectos de la vida, el arte y cultura. El cine, viajar… la oferta es tan amplia. Viajar a la otra punta del mundo nunca fue tan fácil y barato como ahora. Descargarse música o comprarla online igual. Y es precisamente eso, el ritual de ir a buscar un disco, buscarlo tú mismo, saliendo de tu casa como el que va en busca de un tesoro. Encontrarlo, llevártelo a casa y ponerlo. Admirar la portada, cambiarlo de cara con cuidado de no rayarlo. Masticarlo bien, cocinar las cosas a fuego lento. El concepto es el mismo.  Las cosas a fuego lento se disfrutan más. Lo que se hace con prisas suele ser eso, un producto, algo de rápido consumo y a otra cosa mariposa.

Este último año mi colección de discos, que no es para nada numerosa, ha aumentado considerablemente. En cada Flöhmarkt que visitaba, era fácil que acabara comprando uno o dos vinilos. Lo de regatear con el dueño del puesto dependiendo de cuantos compraba, es algo habitual. Y esto en alemán. Pero la pela es la pela oiga. Este año redescubrí a David Bowie  con su disco de Ziggy Stardust comprando una versión editada en Italia a un precio irrisorio. Cuando hemos visitado Holanda también han caído algún disco que otro.  Aunque también se ha dado el caso de que me han regalado vinilos, como el Sgt Peppers de los Beatles, el original del 67, editado en Londres. Cincuenta años de antigüedad y suena de maravilla. O encontrar un disco de Manzanita en Utrech, en Holanda, “Mucho ruido y poco duende”, su disco más famoso por 3 euros. A estas joyas me refiero, por eso lo disfruto más.  Por las casualidades,  los descubrimientos,  la ilusión por conseguir algo. Necesitas moverte para conseguirlo.

No hace mucho,  a propósito de motivaciones, disfrutes y demás, escuché una reflexión muy acertada sobre el porqué de las utopías. Si una utopía es inalcanzable, siempre la ves allí, en el horizonte. Si das dos pasos, el horizonte estará un poco más allá. Nunca llegarás allá y por lo tanto nunca conseguirás esa utopía. Entonces, ¿para que sirve? Pues precisamente para eso. Para avanzar.

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