Riace (cap.2)

 

Llegamos a Riace,  tarde y cansados.  Nos dormimos con el rumor de las olas del mar de fondo. Era una noche de verano en octubre. A la mañana siguiente nos despertamos y vimos con asombro un mar, el Jónico, increíblemente azul y un cielo más azul intenso todavía. Tocaba dar una vuelta por el pueblo, el que está en lo alto de la montaña. Tremendo. Sus calles empedradas, sus calles laberínticas, su ambiente veraniego y relajado, sus nuevos vecinos, gente de África y de todas partes, asegurando la vida del pueblo después de unos años de irremediable descenso de la natalidad y de emigración de los jóvenes a las grandes ciudades. A todo esto, un perrito nos estuvo acompañando por todo el pueblo el perro más simpático que hemos visto en mucho tiempo. Ya le pusimos nombre y todo, Milú.

 

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