Al sur de Granada

El escritor e hispanista inglés Gerald Brenan, viajó en los años veinte a el sur de Granada en busca de inspiración para empezar su carrera como escritor. Se mudó a las Alpujarras granadinas en busca de ese retiro buscado para poder leer, leer y escribir. Algo así como Perdido en el norte, pero al revés.

Un servidor se fue un poco más al sur, de Granada también, a Málaga, un destino que hasta la fecha se me había resistido siempre. Como Gerald Brenan, pero sin ser extranjero, teniendo el doble de edad que él cuando descubrió las Alpujarras Granadinas y ya bien metido en el siglo XXI, me quedé impresionado del sur de nuestro país, de Málaga y Granada, del cielo increíblemente azul, de esos acentos, el malagueño y granadino, tan atractivos para el que lo escucha. Así fue como medio improvisamos nuestro pequeño viaje al sur de Granada.

 

Aterrizaje en Málaga

Llegamos sobre las once de la mañana y como era de esperar, el sol brillaba con insolencia. Cogimos el coche alquilado para los siguientes días, un Fiat Cinquecento sport y salimos del área del aeropuerto, en busca del mar. Paseamos bordeando la costa en busca del puerto. Atravesamos toda la ciudad mirando los edificios altos y a ratos el azul del mar, y palmeras, muchas palmeras. Nos alojaríamos en Pedregalejo, al este de Málaga. Todo un acierto. La señora del hostal nos explicó los sitios típicos para visitar si era nuestra primera visita a la ciudad y nos apuntó un par de sugerencias de visitas no habituales para las rutas turísticas. Nos prestó unas bicis que tenían a disposición de los clientes, que aceptamos con agrado, perfecto para movernos hasta la ciudad. Lo primero que vimos fue el paseo marítimo de Pedregalejo, con chiringuitos de toda la vida y ambiente marinero. En cada chiringuito tenían su barquita (barbacoa) donde hacían al fuego los pescados, sobre todo los espetos. El olor a las brasas mezcladas con las sardinas era todo un canto de sirenas, y caímos. A comer pescaíto a la brasa, que esto no pasa todos los días.

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Uno de los muchos chiringuitos del paseo marítimo de Pedregalejo

 

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Las playas de Pedregalejo

Una vez saciamos el hambre, seguimos con las bicis paseando en dirección al centro. El calor iba in crescendo, como las canciones de Izal. Pasamos por la famosa playa de la Malagueta, nada del otro mundo, muchos edificios altos a nuestras espaldas, pocos comercios. Hasta que llegamos al paseo de la Farola, donde empiezan los muelles del puerto, donde se encuentran los primeros restaurantes chic,  donde se pueden ver bonitas puestas de sol.

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El anochecer desde los muelles del puerto de Málaga

Mientras admirábamos las vistas de la ciudad desde allí, miraba ade aquí a allá, a ver si nos encontrábamos por casualidad a Pepa Flores (Marisol), que según dicen, es en ese mismo paseo donde tiene fijada su residencia y donde se la puede ver de vez en cuando pasear por la playa de la Malagueta.  Seguramente si me la hubiera encontrado por allí, le habría preguntado por alguna calle, como el que no quiere la cosa, luego me haría el tonto y diría que la reconocí justo en ese momento y le diría cosas tan dispares como que mi padre nació el mismo día del mismo año que ella o que su versión yeye de la Tarara me encanta por su bailoteo yeye y el solo de guitarra que se marcan. Pero no cayó esa breva, proseguimos nuestro camino. Aparcamos las bicicletas en un parque y nos metimos de lleno en el casco histórico.

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La Catedral de Málaga
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Cerca del mercado central de Atarazanas

Todo muy limpio y  peinao, muy bien presentao oye. La catedral, como toda catedral que se precie, monumental. Muy guapa. El ambiente era relajado, concurrido pero relajado, y los malagueños definitivamente saben vestir, toda una cultura lo de salir a pasear. Sencillos pero elegantes.

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La plaza de toros. Detrás de esos edificios altos está la playa de la Malagueta, y a la derecha, con algunos barcos atracados, el Paseo de la Farola.

Las vistas de la ciudad desde la Alcazaba son muy buenas, una de las recomendaciones , de la señora del hostal, el barrio que hay justo más arriba de la plaza de la Merced, degradado y objetivo de la especulación de los inversores, también fue una buena recomendación por la infinidad de grafittis que han hecho los jóvenes en sus calles.

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Algunas verdaderas obras de arte. Algo de color le da, y personalidad  a un barrio tocado por los especuladores pero que se resiste, como los galos de Astérix y Obélix a ser desterrados de su casa. No tuvimos tiempo para visitar ninguno de los numerosos museos de los que puede presumir Málaga, ni el Carmen Thyssen ni el museo de Picasso, pero si visitamos el Pimpi, la bodega más conocida de la ciudad por donde han pasado infinidad de personajes ilustres dejando su huella ya sea con una foto como en dedicatorias en las barricas de vino. Interesante para visitar, sí señor.

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Comares, el balcón de la Axarquía

Al día siguiente, después de un baño de rigor en el Pedregalejo, uno de nuestros sitios preferidos ya de Málaga, nos dirigimos a la sierra, a un pueblo llamado Comares, a poco más de treinta kilómetros. Cuesta arriba. Empezamos a subir montaña arriba, dejando atrás el mar, mirándolo de reojo, subiendo más y más entre curvas imposibles. Empieza a refrescar, pasamos un par de pueblos y disfrutamos de vistas increíbles de la sierra, hasta que llegamos a Comares. Se acaba la carretera ahí, a la entrada del pueblo, en la cima de una de las montañas más grandes. Las vistas son  impresionantes. A un lado, todo el valle de Axarquía, con cientos de puntitos blancos repartidos por toda la sierra.

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Comares de noche
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En el hotel museo de los Abuelos
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Comares entero para nosotros

 

Pequeñas fincas perdidas en el valle, donde puedes ver el mar a lo lejos, al otro lado, otro valle inmenso, más montañas. Parecía que estemos en el fin del mundo. Nos alojamos en un hotel museo. El mirador del patio quita el hipo, el hotel museo es typical, typical spanish of Málaga.

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Desde Comares, la Axarquía

Los chicos que regentaban el hotel muy amables. Simone, después de ver nuestra habitación, se metió sin saberlo en lo que parecía un gran salón, que acabó resultando una gran suite, con inquilinos dentro en ese momento, una pareja de alemanes octogenarios. Después de la sorpresa por las dos partes, la mujer nos invitó a curiosear la suite. Las vistas son difíciles de describir. Qué amaneceres deberían disfrutar estos señores. Llevaban ahí dos semanas alojados.

 

Pasear por el pueblo es como pasear por un laberinto de calles estrechas y empinadas. Todas con vistas, todo el pueblo es un gran balcón. El pueblo goza de una inusitada tranquilidad. Sólo algún que otro visitante llegamos a encontrar. Para nuestra suerte. Tiene muchos restos de su época musulmana. Las mejores vistas del pueblo se pueden ver desde el balcón que hay delante del cementerio. Recomendadísimo al atardecer. Estábamos solos. Sólo acertábamos a escuchar los cánticos de unos tipos con su guitarra en el bar de parroquianos del pueblo.

Velez-Málaga y Nerja

A la mañana siguiente nos despertaron los sollozos de un niño y la acalorada discusión de un tipo al teléfono que luego resultó ser uno de los que regentaban el hotel. Salimos todavía frotándonos los ojos y bostezando a boca ancha para dirigirnos al patio del mirador. Todavía seguía erre que erre el hombre que se supone que nos iba a servir el desayuno. Después de un par de bromas sobre su acalorada discusión con un proveedor, nos preparó el desayuno y nos contó varias cosas sobre el pueblo y el valle. Nos señaló incluso el pueblo donde son los padres de aquel político famoso, como decía él. Se refería a Albert Rivera.

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Velez-Málaga

Nos despedimos de él y cogimos el coche en dirección Velez Málaga, la capital de la comarca de Axarquía, carretera abajo, disfrutando de las vistas. Al llegar a Velez, visitamos una fortaleza y una ermita recién remodelada para la ocasión. Vaya vistas se gastan, y vaya ambiente más guapo tiene la ciudad, ciudad con alma de pueblo. Después del aperitivo de las 12, nos dirigimos a la playa más cercana, en un pueblo llamado Torre del mar. Nada que ver con Velez-Málaga, sólo a 6 kms eso sí, pero el encanto se esfuma por culpa de sus edificios altos y poco cuidados. El paseo marítimo y la playa no estaban mal, eso sí. Parecía la Calella malagueña. No duramos mucho por allí, lo que duran dos peces de hielo en un “whisky on the rocks“, como cantaba Sabina. Nos comimos unas sardinitas, unas croquetillas de la casa, unos tinto de verano y  para Nerja se ha dicho.

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El paseo que te lleva al famoso balcón de Europa de Nerja

Nerja, el famoso pueblo turístico que fue escenario de la sempiterna serie de Verano Azul”aquella que no paraban de reponer una y otra vez. No vimos a Pancho, pero si a Chanquete transformado en figura de bronce, oteando el mar. Justo debajo del famoso balcón de Europa. El camino hasta llegar ahí es realmente bonito. Llegamos a ver la famosa taberna de Frasco, donde Chanquete se tomaba sus copichuelas de vino. Cuando lo visitamos, brevemente, estaba apunto de comenzar un espectáculo flamenco. También visitamos la playa de Burriana, donde pasaban muchas de las escenas de la serie y donde se encuentra el chiringuito Ayo, que aparecía muchas veces en la susodicha serie y que sigue ahí al pie del cañón con el mismo propietario.

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Chanquete vigila las playas, todo el mundo tranquilo
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Las vistas para desayunar de buena mañana
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Las olas de las playas de Nerja son traicioneras, te hacen la croqueta si te despistas

El resto del pueblo nos lo enseñaron Miguel y Carmen. Miguel nació y se crió en Nerja, Carmen en Málaga, recién llegada a Nerja. Nos contaron un poco de todo, sobre Nerja, sobre cómo está el tema del alquiler en Málaga, que sigue la senda de las grandes ciudades como Madrid y Barcelona, y como todas en general. Los tapeos no faltaron, los turistas paseando de un lado para otro tampoco. Es uno de los pocos pueblos de la provincia que vive del turismo todo el año.

También visitamos  Frigiliana, el pueblo vecino metido más en la montaña que va a rebufo por el turismo que atrae Nerja.

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Se ha convertido en un competidor. Hay numerosos apartamentos y casas de pueblo en alquiler y en venta. Paseando por una de las calles más auténticas del pueblo nos encontramos a un señor mayor que sale de una de las pintorescas casas y se pone a hablar en inglés con otra señora de pelo blanco pero con aspecto de antigua hippie de los sesenta. Son propietarios de esas casas. Es fácil de reconocerlos, si tienen pintadas las puertas de sus casas de azul clarito, esos son extranjeros.

Granada y los flamencos de Sacromonte

 

Después de despedirnos de Nerja y nuestros anfitriones,  y también de una tailandesa que regentaba el hotel donde nos alojamos, con acento malagueño, divertidísima ella, nos dirigimos a otro sitio que le tenía ganas, a Granada, la ciudad andaluza que respira arte por los cuatro costados, vibrante, atractiva a más no poder, y ya no sólo por la Alhambra, sino por el estilo de vida que se gastan allí. Después de dar vueltas y vueltas hasta encontrar aparcamiento gratis a algo más de un kilómetro de nuestra pensión en el centro de la ciudad, nos topamos de lleno con unos jinetes a caballo, unos rocieros. Menudo espectáculo con esos trajes y esos caballos, qué porte. ¡Qué pintoresco y olé todo!

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Muchas de las calles del centro tienen al igual que en Nerja, unos lonas colgado en lo alto de las calles para proteger del sol justiciero que se gastan por allí. Siempre caminando por la sombra. Después de callejear un poco y de comer (parece que no sabemos hacer otra cosa), visitamos la catedral, monumental también. Hacía un sol de justicia (si queréis saber el origen de esta expresión, pinchad aquí ) íbamos por la sombra, para no derretirnos por el camino como un helado. Vaya plazas e iglesias, vaya vistas a la Alhambra desde el mirador de San Nicolás. Todo perfecto de no haber tantos turistas haciéndose fotos allá, la mayoría en plan selfie, horrible.

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Una de las muchas cuevas en Sacromonte donde tienen tablaos flamencos
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La Alhambra desde Sacromonte

No duramos ni cinco minutos allá. Ya que estábamos en el Albaicín, aprovechamos para subir a Sacromonte, donde se aglutinan las cuevas, las zambras como los llaman allá, donde albergan numerosos tablaos flamencos. El paseo subiendo por esas cuestas, es como trasladarse  a otra época. Las vistas que tienen de la Alhambra allá son increíbles, mucho mejor que la del mirador de San Nicolás, y estaba extrañamente tranquilo, apenas nos cruzamos  a nadie por allí.

Una de las cosas más llamativas que vi, fue un par de jóvenes, con pelo a lo Camarón, con sus correspondiente y cuidada barba, uno de ellos con guitarra colgada al cuello, bajando por la cuesta de Sacromonte, camino de el mirador de San Nicolás. Iban a paso ligero, sin dirigirse la palabra. Efectivamente, eran músicos callejeros. Se arrancaron por rumbas, las típicas versiones de Peret o los Amaya, cuatro jaleos, cuatro rasgadas de guitarra y ya. Se pusieron a aplaudir ellos mismos para indicar que les tocaba aplaudir a los comensales y turistas. Y luego a pasar la gorra mesa por mesa. La escena era pura estrategia de marketing, diríamos que algo invasivo. Esta misma operación la fueron haciendo hasta el mismo centro de la ciudad. Iban de terraza en terraza, de bar en bar. Tocaban cuatro rumbas y cambiaban de terraza. Los dos andaban de un lado a otro sin mediar palabra. Lo gracioso fue que seguimos sin querer la misma ruta que ellos para llegar al centro de nuevo. Pero no eran los únicos, afortunadamente hay muchos artistas que ponen banda sonora a una ciudad de película. En fin, que nos gustó mucho Granada y muchos de sus rincones. La única vez que había estado sería con once años con la familia. Sólo me acordaba de la majestuosidad de la Alhambra y del solazo que se te clavaba en el cogote hasta hacerte daño. Al día siguiente nos despedimos con de la ciudad y aprovechamos para subir Sierra Nevada.  A  más de 2.000 mts de altitud se puede visitar un jardín botánico  con plantas, árboles y flores típicas de la zona, correspondientemente descritas con sus cartelitos. Muy recomendable, y era gratis.

 

Archidona y Antequera, el far west con acento andaluz

 

Dejamos atrás Sierra Nevada y nos adentramos en lo más parecido a un desierto en mitad de la provincia de Málaga. El paisaje desde la autovía es lo más parecido a la ruta 66 de los Estados Unidos. Tierra rojiza, pocos árboles, más bien olivos, cientos de miles olivos, y matojos, algunos de ellos rodaban por la tierra mecidos por el viento, caluroso a más no poder, como si se tratara de una peli del far west. Parecía que de un momento a otro aparecería John Wayne guiando a la diligencia. El paisaje kárstico, un cúmulo de montañas rocosas que aparecen de la nada en mitad del desierto, son de las más grandes de Europa. Impresionantes.

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Desde las murallas de la antigua fortaleza Nazarí de Archidona
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Las murallas

Teníamos hambre, pero queríamos llegar a Archidona, donde pasaríamos la noche, en un hotel rural, a pocos kilómetros del pueblo. Cuando llegamos al pueblo, no nos encontramos a nadie, como en los pueblos fantasma. Solo el sol justiciero y nosotros, famélicos, caninos. Mientras íbamos admirando lo bonito que era el pueblo, nos encontramos a un lugareño, aprovechamos entonces para preguntarle por un sitio para comer algo. Nos respondió con otra pregunta:

  • ¿Venís para la feria del perro?, ya se está acabando.
  • Ahora mismo me comería uno si hiciera falta…. no, no, venimos a comer, básicamente.
  • Aaaah… si lo que quieren es comer vayan donde la piscina municipal, allí hay un buen sitio para comer, todo derecho, y luego a la derecha, no tiene pérdida.

Le agradecimos las indicaciones y proseguimos el camino. Siempre por la sombra. Hasta que llegamos al final de la calle, y del pueblo, y  empezamos a encontrarnos a gente y a escuchar el murmullo de la gente y música.  Era la fiesta de la feria del perro. La exhibición había terminado pero tenían un montón de carpas montadas de diferentes agrupaciones del pueblo donde ofrecían comida casera a precios populares. ¡Bingo! Aquello fue como encontrar un oasis en medio del desierto, literalmente. Pincho de tortilla, platos de arroz (con cosas) a dos euros, frito de verduras de la huerta, croquetas de la abuela, tinto de verano, Cruzcampo a tutiplén. Nos pusimos las botas y un poco más. Ambientazo, familias enteras comiendo alrededor de las mesas, la música de pachangueo que no falte. Me puse nostálgico.

Archidona nos sorprendió porque está esmeradamente cuidado, y porque tiene unas vistas hacia el oeste que te quitan el hipo con  esas montañas rocosas que aparecen de la nada. Todo un acierto haber elegido el pueblo para hacer una noche allá. Fuimos al hotel rural y nos colamos en una fiesta privada que hacían en el salón principal, una comunión. Dejamos nuestro equipaje en la habitación que más que una habitación parecía un apartamento y nos fuimos derechitos a la piscina a darnos un chapuzón, con los de la fiesta por ahí pululando con sus pajaritas y camisas del domingo. Lo mejor para pasar la media tarde en aquella zona, un buen baño en la piscina. Al caer el sol volvimos a Archidona y subimos una montaña donde pudimos ver antes que en lo alto de al cima se encontraba una especie de castillo o zona amurallada. Restos  de una fortificación nazarí, con una ermita en lo alto de la Virgen de Gracia. Las fiestas desde allí arriba… no puedo describirlo, mejor dejo una foto. Vaya paisajes.

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Antequera

En fin, como veo que me está quedando esto un post muy gastronómico, comentando lo que comíamos o dejábamos de comer, paso de contar más detalles de la cena en el centro de Archidona, para contar nuestras impresiones sobre Antequera, el siguiente pueblo, ciudad mejor dicho, la segunda más grande de la provincia después de la propia Málaga, competidora directa con Sevilla para ser sede de la administración de la Junta de Andalucía, o algo así, si entendí bien. Vamos que se sienten, comodiría Rajoy; “muy andaluces y mucho andaluces”. Cuando llegamos las calles estaban a petar de gente. Todos de aquí para allá. Las iglesias y monumentos los veíamos allá donde pusiéramos la mirada. Rebosa de historia por los cuatro costados Antequera. Un par de horas después, Los antequeranos, desaparecen para pasar la tarde en sus casas, al fresco. Ni un alma en la calle, sólo los cuatro pringados que llegamos allá como turistas. Es entonces cuando me imagino como será el planeta dentro de no muchos años, con un tiempo de sequía extrema como Antequera en verano. No me hace ninguna gracia la idea.

El viaje llegó a su fin, volvimos a Málaga, a la misma zona de el Pedregalejo, fácil para llegar a la playa y para descansar las últimas horas antes de volver a la rutina, a Alemania y sus continuos cambios meteorológicos. Sólo sé que volveremos pronto a Málaga y a toda aquella zona, nos quedan muchos rincones por descubrir todavía.

Un comentario en “Al sur de Granada

  1. Como siempre muchas gracias Burdon por esta guía de turismo o mejor dicho relato. Me encantan los murales, asique gracias por todas las fotos de ellos. Y pues que ahora también eres crítico gastronómico…una entrada para “degustar” jajaja. Saludos y que sigas pasando excelentes aventuras 🙂

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